Historia crítica del arte, con vocación gombrichiana por las prodigiosas marginalia donde los creadores (se la) juegan.
miércoles, 17 de agosto de 2016
martes, 15 de diciembre de 2015
martes, 13 de enero de 2015
jueves, 27 de noviembre de 2014
El primer autorretrato de Goya… y sus críticos
En 2013 fue depositado en el
Museo de Zaragoza un óleo sobre tela de colección privada con el autorretrato de Goya (62 x 42 cm),
para ser visto y discutido por una comisión de estudiosos. Se trataría del
primero de la serie que ha llegado hasta nosotros, una tesela más que añadir a
la polifacética veintena de lienzos con el pintor aragonés como protagonista.
“El tiempo también pinta”, parecen recordarnos estos registros de la evolución
fisonómica y psicológica de Goya. O peor: despinta, si reformulamos aquel viejo
adagio de la literatura artística. Y en este caso la fortuna crítica le ha sido
más bien adversa, desde que el Museo de San Luis (Misuri), que lo había mostrado
cual joya de la corona a lo largo y ancho de Estados Unidos durante la década
de los 50, de Milwaukee a Dallas, pasando por Nueva York, en la exposición Fifty
Masterworks of the City Art Museum of Saint Louis de 1958, decidiera en 1986 desprenderse de él vendiéndolo como obra de
un seguidor del maestro.
Desde entonces está en manos
privadas, pero, recientemente, sus actuales propietarios decidieron encargar su
limpieza y restauración. El resultado de estos trabajos superó todas las
expectativas y motivó la consulta a la que aludía al comienzo. Después de un
intenso intercambio de ideas con el profesor Gonzalo Borrás, el director del
Museo de Zaragoza, Miguel Beltrán, y su equipo de restauradoras de pintura
antigua a partir de la obra, la documentación y el informe de restauración
proporcionados por los propietarios, y estando presente el profesor Paolo
Mangiante, que realizó la presentación de todo el material, llegamos a algunas
conclusiones muy elocuentes.
La primera impresión fue
favorable, a pesar de que la película pictórica no era particularmente espesa y
se advertía que había sufrido. Los análisis realizados durante la restauración
confirmaban la existencia de lagunas en el rostro y en la cabellera, así como
un gran pentimento a nivel de la mejilla
izquierda, corregida varias veces. Por otro lado, resultaba indudable que el
personaje representado era Goya, por ser muy similar en pose, formato y atuendo
al autorretrato de su juventud conservado en el Museo Ibercaja Camón Aznar de
Zaragoza (MICAZ). Los análisis efectuados durante la restauración lo situaban
asimismo en su época, antes de la fabricación de los primeros pigmentos de
síntesis. Ninguno de los identificados en el análisis espectrométrico de
fluorescencia de rayos X (XRF) era moderno; en cambio aparecían otros, como la
tierra verde, que se extrae abundantemente de canteras italianas. Este detalle,
corroborado por Beltrán en su dilatada experiencia de arqueólogo, abonaría en
cualquier caso la hipótesis de su ejecución durante la estancia romana
(1769-1771). Y de hecho, este Goya es aún más joven que el del citado “retrato
de bodas” (óleo sobre tela, 58 x 44 cm) del MICAZ, datado entre 1773, fecha de
su matrimonio con Josefa Bayeu, y 1775; o, en cualquier caso, antes del viaje a
Madrid. Éste último, por tanto, sería una versión posterior, pues la fisonomía
no miente y en esto coincidimos todos los que lo vimos.
Sin embargo, ¿por qué un museo
norteamericano se habría desembarazado de un Goya? Pregunta que exigía
respuesta convincente, dejando de lado las peculiaridades de la política de
adquisiciones y de difusión de fondos museales al otro lado del oceáno.
Examinando el iter de la obra no se
podía negar que era largo y complejo. Gassier y Wilson (1970) la habían
identificado con la que fuera propiedad de Carlos de Haes, “ventajosamente
restaurada por don Marcelino de Unceta”.
Ni qué decir tiene. Después de la
intervención decimonónica a que había sido sometida nadie habría supuesto en
aquel Goya de naipe un autorretrato original, como hizo notar Borrás. El
luminoso rojo del pañuelo al cuello, en las fotos previas a la restauración,
era igualmente sospechoso. La obra había sido muy maltratada por el tiempo,
cierto, y tenía repintes pesados. Libre de ellos, mostraba en cambio una paleta
terrosa, casi minimalista, hecha de pigmentos naturales como óxidos de hierro
(mezcla de tierra verde y tierra de sombra), blanco de plomo y cinabrio, usado
sumariamente para labios y carnaciones, lo que la aproximaba a obras de
pintores que hicieron de los colores oscuros, ocres y marrones, prácticamente
una marca, como Velázquez y Rembrandt, tan admirados por Goya. ¿Imperativos de
logística u opción estilística, en el caso de este autorretrato?
Sea como fuere, no deja de
sorprender la economía de recursos y materiales con que, desde el punto de
vista cromático, está realizado. Esto, que no podía sino acrecentar la valía de
su autor, había dejado de ser visible tras intervenciones poco respetuosas
asentadas en criterios de conservación muy lejanos de los actuales. El paso del
tiempo, los cambios de propiedad y los pintores-restauradores habían logrado
empañar completamente su primitiva y austera belleza hasta hacerla
irreconocible a ojos de críticos y connoisseurs.
miércoles, 17 de septiembre de 2014
La verdad sobre el caso Szeemann (I)
En 2015 podremos ver de nuevo Los
pechos de la Verdad. No; no ha resucitado
esa hermosa muerta de los Desastres de la guerra, por si alguien se lo había preguntado. Se
trata de una nueva edición de la muestra ideada en 1978 por el curador Harald
Szeemann (fallecido en 2005), con la que se
reabrirá el museo de Casa Anatta en Monte Verità (Ascona, Suiza). El catálogo, editado por Electa y abundantemente
ilustrado con fotografías y documentos de época, era bastante anómalo, empezando
por el título: Monte Verità. Antropología local como contribución al
redescubrimiento de una topografía sacral moderna. Denso de contenidos y profundo en sus artículos, se estructuraba en
cuatro secciones, “ubres” de las que se nutrieron intelectuales, reformadores y
visionarios, huéspedes todos en la colina asconesa: anarquismo, Lebensreform, revolución sexual y liberación de la mujer, arte y
literatura. En sus márgenes, 600 fichas con otras tantas biografías de quienes,
en algún momento de sus vidas, aportaron su granito de arena a la utopía que el
primer curador independiente de arte contemporáneo quiso validar con esta
exposición. Exposición con un protagonista colectivo, el reformador, que a
veces adopta el decoroso atuendo del artista. O no: los monteveritanos de
comienzos del siglo pasado danzaban desnudos al sol. Hoy que hablamos de
“artivismo” y sus practicantes trabajan con realidades concretas, ¡qué lejos
quedan las utopías y la dimensión poética de su fracaso, tan atractiva para
Szeemann! Pero ¿no había dicho el autor de Goethe als Vater der neuen
Aesthetik, Rudolf Steiner, que “los
artistas deben llevar el reino divino a la tierra”?
¿Qué sentido tendría recuperar
este trabajo de Szeemann, reverenciado unánimente en el artworld por When attitudes become form (1969)? Lo tiene, desde luego, para la Fundación
Monte Verità, constituida por el
cantón Tesino y el Politécnico de Zúrich, organizador de congresos científicos
de altísimo nivel en su histórico hotel Bauhaus, que ha puesto en marcha un
proyecto de relanzamiento millonario, “Monte Visione”, con el que pretenden
reconquistar su antigua categoría de fórum cultural. Parte importante,
precisamente, son las acciones conservativas necesarias para reconstruir la
exposición del 78 y para hacer consultable la parte correspondiente del archivo Szeemann (el resto se custodia en el Getty Research Institute de Los
Ángeles).
El riquísimo material recogido
por Szeemann durante cuatro años será tratado en el nuevo museo como una instalación
artística, respetando, asegura el historiador Andreas Schwab, “la intención
original del comisario”, así como su carácter primigenio de travelling show por varias capitales europeas, de Berlín a Viena.
Como complemento, los edificios de Casa
Selma (ya recuperada y sede de un audiovisual), de los Rusos y el Elisarion,
albergarán una exposición contextualizadora, en un estilo muy diferente al
usado por el curador bernés, con pocos objetos originales y mayor énfasis en lo
multimedial.
Acaba de caer en mis manos una
publicación del colectivo romano Doppiozero (doppiozero.com) sobre
Szeemann, que analiza algunos aspectos de su práctica curatorial (Pietro
Rigolo, Sumergirse en el lugar elegido. Harald Szeemann en Locarno,
1978-2000). Por ahora, quisiera hacerme eco
de dos de ellos. Primero, su rechazo de la profesionalización: donde hay mucho
trabajo de gestión, burocrático, hay
poco tiempo para el estudio y la investigación. En la siguiente entrega hablaré
de las “obsesiones” de Szeemann —la utopía es sólo una de ellas—, y de su
materialización en exposiciones work-in-progress. Carácter que sin duda determinaba la mente errática
de su comisario (llamémoslo así). Incapaz de renunciar a quedarse sin
respuestas, no dejaba de hacerse preguntas. Las exposiciones no eran más que la
punta del iceberg de su estudio-archivo en Tegna, cerca de Ascona. Sin esta actitud, sin este bagaje, no hay curador independiente
que valga, por mucho que se autoproclame en una web.
Segundo: ante la imposibilidad de trabajar programando exposiciones para
instituciones (se ve que este traje le quedaba estrecho, sobre todo después del
revuelo que se armó con When attitudes...), decidió
operar bajo el nombre de “Agencia para el trabajo espiritual en el extranjero”
(Agentur für geistige Gastarbeit / Agenzia per il lavoro spirituale all’estero). La ocurrencia, dejando a un lado sus implicaciones
políticas, no era tal. Artistas de Fluxus y sus correligionarios ya jugaban a
inventarse instituciones. El propio Beuys, con su “Organización para la
democracia directa a través del referendum” (1971), mantuvo una oficina abierta
al público durante Documenta 5, y él al frente para explicar el proyecto.
Me consuela saber que la Fundación del Garabato tiene ilustres precedentes entre estos “pensadores
salvajes”. Como decía Szeemann:
«Para mí no hay separación entre
vida privada y trabajo; por tanto, si debo pensar en el encuentro que más me ha
marcado, diría que ha sido conmigo mismo. Hay un imperceptible equilibrio que
hay que encontrar dentro de sí, que te vuelve solitario pero a la vez un poco
exhibicionista. Así, me han definido Pensador Salvaje, enfermo de acribia, a
causa de mi particular sentido del orden. Cada exposición mía es también un
espejo en el que me retrato. Tras cada proyecto culminado he intentado siempre
liberarme del poder que me otorgaba. Antes de dedicarme al estudio preliminar
de un proyecto necesito de una cierta atmósfera enteramente mía y, sólo cuando
siento que tengo la exposición en la cabeza, escribo la primera carta en busca
de financiación. Pero el tiempo que precede a todo esto me es muy necesario.
¿En qué lo empleo? Voy por ahí, leo los periódicos en la cafetería, paso quizá
un día entero poniendo orden en aquello que hice en el pasado. En fin, que cada
vez que me pongo manos a la obra, siento que tengo que hacer algún
descubrimiento» (cit. por Lucrezia De Domizio Durini, Harald Szeemann. Il
pensatore selvaggio, Silvana Editoriale,
Milán, 2006).
Si a este comisario-rockstar (!)
le hubieran preguntado en qué consistía aquella intrigante Agentur, simplemente habría respondido: “C’est moi”.
miércoles, 1 de mayo de 2013
Arte: deseo: libertad
En respuesta a un encargo del Consejo de Europa, y con el sostén de la Comisión Europea, la comisaria Monika Flacke (Museo de Historia Alemana, Berlín) concibe la exposición con una estructura circular partiendo de conceptos universales como razón y utopía, alumbrados por la Revolución francesa, y llegando al planteamiento de interrogantes sobre nuestro estilo de vida y sus límites, cuyo deseo de superación engendra a su vez los grandes ideales. Desire for Freedom (Arte en Europa después de 1945) mezcla, por consiguiente, obras de arte de distintas cronologías y nacionalidades europeas.
La totalidad del montaje expositivo en el milanés Palazzo Reale está al servicio de la tesis de Flacke, quien dice haber disfrutado de una colaboración entusiasta por parte de los artistas, en muchos casos mediante cesión gratuita de sus obras, así como prestando su voz, en la audioguía, para dar un sentido a las mismas. No es casual que abra el recorrido la instalación de Christo, cuyos bidones de petróleo empaquetados son referencia inequívoca a un contexto de crisis, hoy acuciante, y que, según la comisaria, se puede afrontar mejor si existe un espacio para el debate. Como el que representa el centenar de obras seleccionadas: grito de protesta o reescritura de la memoria histórica, subrayan la capacidad del arte no tanto para resolver problemas como para desvelarlos. Buen ejemplo de ello es la Kollektivschuld en la Alemania de posguerra, conjurada por las fotografías de Anselm Kiefer (Occupation, 1969) que repropone desoladamente el saludo hitleriano, no menos descontextualizado que la vitrina de colillas de Damien Hirst (Dead End Jobs, 1993) colocada al lado. Todo es posible en el “Viaje al País de las Maravillas”, título de esta sección, aunque no carece de riesgos establecer rimas visuales entre esa colección de exfumadores (o lo que queda de ellos) y la galería de retratos desenfocados de la orla de un liceo judío vienés, de Boltanski (The Chases Gymnasium in 1931, 1987). Hay más voces que desentonan en el coro, y uno se pregunta cómo Bed (Composition) (Not shot at), de Niki de Saint Phalle, puede dialogar con uno de los “conceptos espaciales” de Lucio Fontana, o la foto de los centros de interrogatorio de la Stasi con una escultura de Tinguely que funde chatarra de Hiroshima. A no ser que el despojo de una pequeña bicicleta tras el desastre atómico y el universo infantil reprimido por un padre autoritario, en el caso de Saint Phalle, puedan conectarse más allá de los lazos conyugales entre ambos artistas.
El auténtico nodo de la exposición, “La libertad asediada” (sección 6ª), está mayoritariamente ilustrado por artistas de la antigua República Democrática Alemana y de otros países del Este. Entre ellos, el dúo KweiKulik (Monument without a Passport in the Salons of Visual Arts, 1978), cuya performance testimoniada por diapositivas y una bella foto de la artista a guisa de estatua de la libertad, los pies inmovilizados por un bloque de resina, es ejemplo de lo que podría haber sido un filón expositivo per se. El que beuysianamente se había anunciado en la sección 2ª (“La revolución somos nosotros”) para ilustrar la “crisis de la crítica” en los regímenes socialistas, con dos obras distantes algunos años: American Interior, ominosa guerrilla del islandés Erró (1969), y el collage de postales de vida idílica bajo el régimen socialista, obra de Ilya Kabakov (Love, 1983), exhibidas en pendant.
Más accesorias y menos integradas en el discurso general, pero de seguro impacto en nuestro tiempo, las secciones “Cien años”, que toca amenazas medioambientales, o “99.cent” con su lectura crítica del consumismo, en las que no faltan apuntes feministas o la problemática de la vivienda, pero que aquejan a esta ambiciosa muestra de excesiva dispersión.
lunes, 15 de abril de 2013
Arte y espacio público: nuevas perspectivas (II)
Leyendo a algunos teóricos
del arte actuales uno tiene la impresión de que las prácticas artísticas tienen
el descomunal empeño de atrapar una realidad que se nos escurre entre los dedos
¿Por qué, parafraseando a Martì Peran, ese impaciente deseo de realidad que hoy
padece la cultura contemporánea? Será porque todo incita a la pasividad. De ahí
que artistas como Suzanne Lacy se autoproclamen ciudadanos-activistas, y se
defienda la creación contextualizada (Paul Ardenne), referida a una realidad:
local, nacional, mundial, pero concreta. El arte desbocado del postmodernismo
vuelve, sí, al redil de la realidad.
¿Qué decir del papel del crítico? Lacy aboga por que debe tomar partido cuando habla de la obra que tiene una intención de significado social. De nuevo el activismo de fondo, la acción política, en el sentido griego. Pero ¿es que ya no hay perspectiva histórica que valga para juzgar críticamente el valor artístico de una obra, de una práctica, de una creación —y no digo su acomodo a determinados cánones estéticos convencionales—, salvo la de su supuesta “eficacia”, alcance o trascendencia social? Por no hablar de la cuantificación de su eco mediático, siempre en el contexto presente, aquí y ahora. Del curador o comisario, asimismo, dice Peran que “es, muy a menudo, el mero asistente del verdadero mediador del lugar”, o sea, del artista. Este afán debelador de lo anterior, exacerbado en los manifiestos de las vanguardias, no es nuevo en la historia del arte, como tampoco el hecho de buscar nuevos cauces para la expresión, nuevos espacios de interlocución y hasta nuevos mercados. ¿Y después del fin del arte, qué? no es más que una pregunta retórica y la intuición de Arthur C. Danto al respecto queda desmentida. Convengo con Lacy en que este arte público de nuevo cuño, con todas sus contradicciones, tiene, en todo caso, la vitalidad y la validez de lo simbólico.
¿Qué decir del papel del crítico? Lacy aboga por que debe tomar partido cuando habla de la obra que tiene una intención de significado social. De nuevo el activismo de fondo, la acción política, en el sentido griego. Pero ¿es que ya no hay perspectiva histórica que valga para juzgar críticamente el valor artístico de una obra, de una práctica, de una creación —y no digo su acomodo a determinados cánones estéticos convencionales—, salvo la de su supuesta “eficacia”, alcance o trascendencia social? Por no hablar de la cuantificación de su eco mediático, siempre en el contexto presente, aquí y ahora. Del curador o comisario, asimismo, dice Peran que “es, muy a menudo, el mero asistente del verdadero mediador del lugar”, o sea, del artista. Este afán debelador de lo anterior, exacerbado en los manifiestos de las vanguardias, no es nuevo en la historia del arte, como tampoco el hecho de buscar nuevos cauces para la expresión, nuevos espacios de interlocución y hasta nuevos mercados. ¿Y después del fin del arte, qué? no es más que una pregunta retórica y la intuición de Arthur C. Danto al respecto queda desmentida. Convengo con Lacy en que este arte público de nuevo cuño, con todas sus contradicciones, tiene, en todo caso, la vitalidad y la validez de lo simbólico.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



